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levaba varios minutos mirándola, sintiendo la perplejidad de un novato discípulo en una sesión de concentración asistida. Yo la observaba aturdido, algo mareado, como en estado de trance. Jamás en mi vida había visto alguien con un poder de seducción tan hipnotizante, de manera que no tardé en quedar en estado de humildad crónico.
Durante las tardes solía recorrer la ciudad buscando un destino menos absurdo, una vida sin tantos huéspedes al pedo. Sabía que en nombre del complejo de inferioridad estaba sacrificando tiempo y espacio, pero esto era ingresar de manera subrepticia en el terreno de lo irreversible, como una hormiga en una pegajosa telaraña. Esa delicada representación de transitar por un mundo exótico y en una época equivocada era el rutinario espectáculo que brindaba ante un solo espectador: yo mismo. Pero de pronto apareció ella, mágica y desbordante, recordándome la existencia de la sorpresa. Entonces fue el momento de imaginarla en mis brazos, de pensarla eterna en mis cosas, y así dejar de ser un discapacitado emocional rodando en cama de ruedas.
Yo pensaba: “si la tuviera en mis manos no sería ese boludo que yira constantemente en la boludez ajena o que de a ratos descansa atornillado a un vacío interminable”. Mis ojos la recorrían con prolijidad de fileteador, mi cerebro leía cada sensación que llegaba con una velocidad que le era desconocida, dando la impresión de que todo mi cuerpo comenzaba a funcionar a pleno. Y sin darme tiempo a nada salió y vino hacia mí. Entre el apuro y la conmoción estiré la sonrisa, mientras cerraba los ojos deseando ser dormido para después despertarme en un país de los dos. La abrazaba como si rodeara al planeta del principito, le hablaba de mí con palabras sencillas y ella me decía, por lo bajo, que aquello era más que suficiente para inventarme un pasado, una historia que a ella le hubiese gustado escuchar cuando era chica.
Nos movíamos con cierta exageración, sobre todo de mi parte, ocupando toda la dimensión de la vereda, y la gente callaba cómplice. Hasta el diariero, en una actitud solidaria, corrió una silla en donde tenía apiladas las quintas de Crónica y La Razón para hacernos más espacio. ¡Qué momentos los del amor verdadero! cuando uno quiere salir al mundo a contar el enamoramiento vivido porque no le entra, porque lo desborda y es tan grande la satisfacción que en un gesto cordial se sale a repartir pequeños brotes. El amor es un país del que no se consiguen mapas, por eso hubo que reconocer cada espacio, caminarlo sin certezas y descubriendo preguntas.
Llegaba el momento de decidir, de definir el asunto. Por esa razón no quise dar las vueltas de siempre, ni complicarme con vaguedades, de manera que sin un suspiro de más miré hacia adelante y encaré de una.
- ¿Cuánto vale esa Fender Telecaster que está en la vidriera?
- Ah, buena elección flaco, ¿eh? mirá, está ochocientos cincuenta dólares... ojo que es `69, pre C.B.S, lo que se denomina una Fender de verdad, mirá, flaco, te aseguro que te llevás un fierro... ¿querés probarla…?
- No, no... mejor dejá todo como está... - Dije amargándome.
- Probala, flaco... haceme caso… de cualquier forma si no llegás con la guita podemos arreglar... quedate tranquilo que el dueño es un tipo que afloja...
- Es que lo que tengo sólo le alcanza a ella...
Me escudriñó con cierto asco, sus facciones educadas para las sonrisas se fueron deteriorando, mientras seguro pensaba: “¿qué decís, pedazo de tarado?”
Apurado por las circunstancias me fui entre la gente azorado, puteando a las baldosas, dejando caer los mensajes grotescos de mi pobreza. Palpaba la muerte de todas mis esperanzas por envenenamiento, de manera que busqué una boca de subte y sin oponer ningún tipo de resistencia me dejé tragar. Bajaba las escaleras recordando ese tango de Gardel que dice: “si arrastré por este mundo la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser…”, y lo hacía mío.
Los miro a todos ustedes, veo el amor dormido allí, mientras mi guitarra llora suavemente. Miro el piso y me doy cuenta de que necesita ser barrido, mi guitarra llora suavemente aún.
Llegué a casa rabioso, con todos los pensamientos invadidos por el lenguaje blindado de la bronca. Encontré a Koky tirado en la cama viendo televisión y le transmití toda mi furia con dos gestos, cuatro palabras y en seis segundos. Un rato después planificábamos algo que resolviera el dilema de la guitarra. Yo estaba decidido a todo, ya sea por las buenas o por las malas, debía solucionar esto, de golpe sentí el hartazgo producido por años de derrotas y ésta era la oportunidad de estallar.
Por lógica elaboramos un plan que no iba por derecha y esto significaba un alto riesgo. Koky llevaba apenas un año en libertad, aún le corría la condicional y había que manejarse con cierta prolijidad ya que aquel traspié le había costado cuatro años y monedas y no podía repetir errores.
De inmediato recordé que Fabiana, la rusa, me había ofrecido tiempo atrás algunos de sus ahorros para una transa de porro, sólo debía devolverle la cantidad solicitada más un pedazo para que fume unos días gratis, lo que se dice una gran oportunidad como para arrancar, después era cuestión de organizarse. La idea que se nos ocurrió fue la de comprar dos kilos, vender el primer lote entre amigos con los que haríamos transas rápidas y en buenas cantidades. El otro kilo lo iríamos luqueando en la semana, ya que las ventas en cantidades chicas nos daba muy buena ganancia, eso sí, el riesgo era mayor, pero habría que afinar la puntería con los clientes. Sin perder ni un instante la llamé, ahí nomás combinamos reunirnos en casa esa misma noche para tratar el tema, y de paso, darle de comer a la nutria. Ella tenía onda conmigo y entregaba sin historias, lo que denominamos una aliada de fierro.
A la noche la rusa fue puntual, como de costumbre. Llegó empilchada como para una fiesta enviando así su primer mensaje. Por culpa de su pantalón negro a punto de explotar, dado su carga carnívora, la reunión de trabajo tuvo un tremendo olor a polvo.
Cuenta Koky que a la mañana siguiente llegó a casa y nos vio durmiendo abrazados como dos angelitos, de inmediato supo que la entrevista había sido un éxito.
Pasado el mediodía volvíamos con Koky de la villa de Mataderos con dos kilos de porro paraguayo en la bolsa. “Mi Pedro Juan Caballero querido, cuando yo te vuelva a ver… no habrá más penas, ni olvido”. Ni bien llegué al barrio me comuniqué con Fabiana, luego de contarnos en código lo sucedido planeamos el festejo para esa misma noche, hasta prometió traer a su hermanita como refuerzo.
Con respecto al porro las acciones fueron concretas: dimos el aviso a varios amigos que ya estaban expectantes, y no hubo más que realizar entregas rápidas y silenciosas. En apenas cinco horas ochocientos gramos salieran a aromatizar la ciudad. Nos guardamos doscientos para eventos sociales, y el resto al depósito, para luquear en la semana y acrecentar el capital.
Una vez realizados los movimientos importantes cerramos el kiosco. A bañarnos y ponernos lindos que en horas más se iniciaba la festichola.
Koky salió rumbo al supermercado choreano a la búsqueda de los vinos. Yo fui a la pizzería Nápoles, de Serrano y Corrientes en donde teníamos un contacto, el mozo uruguayo que cambiaba pizza por porros mientras el dueño, un gallego cerradísimo, contaba plata sin cesar.
Llego a casa, abro la puerta y veo a la rusa emperifollada con una estresante minifalda roja. Al lado suyo se había estacionado una yegua hebrea que con mucho gusto Koky sacaría a pastorear por Jerusalén. Todo pintaba para fiesta romana: comida, escabio, las dos lobas, Rómulo y Remo.
La pizza de la “Nápoles”, como siempre, cosechó comentarios más que favorables. El vino tinto nos puso al taco. Tuve que reconocer que Fabiana y Karina juntas eran capaces de revivir hasta al mismísimo Mar Muerto, por eso me asomé a la ventana y di el comunicado: “con estas dos minas en casa, muchachos, por ahora no nos esperen en el muro de los lamentos”.
La cena se dio en un marco de absoluta camaradería, se comió bien, nos tomamos todo, hubo risas, chismes, recuerdos, confesiones y, por supuesto, la infaltable charla psicológica porteña.
A la hora del postre, Koky, se dispuso a armar un caño como para que hasta un ciego haga blanco. Pasaje de ida para cuatro.
Karina se interesó por mi carrera preguntando acerca de los dos discos que edité, el futuro cassette independiente, lo que hacía o pensaba hacer, de manera que respondí con emoción y agradecimiento.
Al ratito, y a pedido de Fabiana, tomé la guitarra y sonaron varios de esos temas.
Miro el mundo y me doy cuenta de que está girando, mientras mi guitarra llora suavemente. De cada error de seguro debemos aprender, mi guitarra llora suavemente aún.
- Dale, cantá ese tema sobre Superman y Clark Kent, que me copa... - Pidió Fabiana, y mirando a su hermana agregó - vas a ver qué genial la letra...
- ¿Cómo es eso?. - Karina seguía cautivada.
- Es un tema medio cómico...está dividido en dos: primero habla “Clark Kent” sobre las penurias y los temores de un débil en la gran ciudad, hasta que se queda dormido recostado en la parada de un bondi y sueña; allí, en la segunda parte, aparece como Superman, pero un “Superman de barrio”, que se copa en pegar saltos desde el puerto hasta Liniers, llevar a la mina a volar por Buenos Aires pasando por debajo de los puentes del Riachuelo, entra volando en las canchas de fútbol para no pagar entrada, baja en plaza de Mayo, donde hay una marcha, y le pega a varios policías que se están sarpando, un fenómeno...
- O sea, tendríamos nuestro propio superhéroe del subdesarrollo... - Teorizó Karina.
- Algo así... pero con ciertos problemas... no te olvides que cada porteña lleva una pequeña carga de kriptonita, entonces, si se juntan más de dos mujeres el pobre pierde poder... - Traté de ser claro.
- Ah, entiendo... o sea que es un Superman representativo de todos los tipos, una especie de dirigente gremial, que le teme a las feministas... – Fabiana intentó tipificar.
- No precisamente, digamos que es un Superman precavido...
- ¿Precavido o con problemas de eyaculación precoz?- Preguntó Karina.
- Bueno, el hombre mientras se saca todo ese traje puede tener alguna que otra corrida accidental...
- ¿Pero le habrá quedado un restito, digo yo, un alguito como para que la chica no se le desanime…? – Fabiana insinuaba guerra sin cuartel.
Desde el flamante radiograbador Spinetta no hacía nada por darle coherencia a la situación, es más, cooperaba de forma eficiente con los ratones de los contrincantes.
“Lenta bruma cansada de dar al muelle, no veo paisaje más que éste mar...¿Será la herida de París?”, no, flaco, sólo la calentura de Villa Crespo...
Mientras Fabiana se fue al baño, nosotros, como dicen los psicólogos, desplazamos la mesa y las sillas hacia un rincón inconsciente del comedor porque teníamos otros planes.
- ¡Se armó la pachanga marihuanera, vieja...!
- Sí, veo, siento y olfateo... - Se alegró Fabiana, que volvía de hacer pis.
A todo esto Karina bailaba revoleando el culo como si fuera manipulada por un titiritero pornográfico. Koky se lo miraba tan concentrado que una pequeña raya fue dibujándose en su rostro.
Ellas se jactaban de poseer un arsenal coreográfico propio, con ribetes nostálgicos de mucho “asalto secundario” y pasitos de T.V, iban de lo vistoso a lo sensual y de la comedia a la exquisitez. Contaban con ciertos códigos y gritaban al coincidir en los movimientos promoviendo situaciones simpáticas que hasta nosotros festejábamos sin entender mucho el asunto. Son las ventajas de tener un buen culo.
Para no ser menos, con Koky, emulábamos a los mejores bailarines clásicos del Colón; no lo digo por la prestancia, sino por la bruta manera en que se nos notaba el bulto.
La salsa agitaba y estoy seguro que hasta las polillas del placard se plegaron a la joda, y no me quiero imaginar la que habrán armado las hormigas coloradas que viven bajo la mesada de la cocina.
Fabiana y Karina conducían el programa felices de sentirse miradas, deseadas, con la certeza de merecer un papel protagónico en una paja desesperada. ¿Las mujeres serán conscientes de estas cosas?.
Una expresión de lo más seductora partió de los ojos de Fabiana mientras su cuerpo pareció moverse en una cama imaginaria, las manos jugaban a la caza del placer y sugestivamente cantó junto al cassette:
- ...era una ciudad de plástico...
- ¿Y vos qué hacías ahí con ese par de gomas...?
- ¡No ves que sos un grasa...! parecés camionero, parecés... disculpe el pleonasmo.
- ¿Qué tenés contra ese gremio víctima de la incomprensión femenina?... ellos son los únicos sexólogos que hablan con propiedad...
Encendí un nuevo faso en el momento en que arribábamos a Puerto Descontrol. En los últimos días tenía la sensación de que nada me alcanzaba, fumaba un porro detrás de otro, andaba muy pegado al vodka, como si el estado buscado fuera algo desconocido, imposible de reconocer. Bajamos a tierra con la complacencia de saber que empezábamos a recorrer un país que no figuraba en ningún mapa.
Otra música sonaba en el aire, mejor dicho en el humo, los movimientos lentos, pegajosos y sexuales nos provocaban al borde del sarpe total. Puse varias veces el tema “Boys, don`t cry”, por The Cure, que me parece alucinante, y lo bailábamos a una velocidad que dificulto que haya sido la que correspondía a dicho tema. Un grupo de miradas se contaban direcciones de telos visitados, poses practicadas, perversiones a confesar, y fantasías a revelar. Los besos inundaban los silencios con irreverencia adolescente, mientras la onda dark nos enroscaba más de lo que podíamos.
Entramos en el terreno turbulento del manoseo grosso, y como a nadie le importaba un carajo echamos manos a la obra con el monumento al bardo. Maravilloso.
No sé cómo te distrajeron y te pervirtieron, no sé cómo te invirtieron, nadie te dio el alerta. Mi guitarra llora suavemente...
Sin un trámite de más tomé a Fabiana, la alcé y colgándomela sobre mis hombros la llevé al cogitorio. El resto de la tripulación no se dio por aludida.
Fabi se quitó la minifalda. ¡por favor, qué espectáculo! su camisa blanca se esforzaba pero no podía cubrir del todo esa bombacha negra. Amo las bombachas negras porque superan a todo, y ella bien lo sabe. Nunca vi algo más extraordinario que una mujer en ropa interior de color negro. Bajo un ritmo lento entonado por su deseo se fue sacando el corpiño, que es él rito femenino por excelencia, entretanto yo revoleaba pilchas a diestra, siniestra y Laginestra. Se abalanzó. La loca hervía y yo ni te cuento.
Nos recostamos, besos por aquí y por allá, erección, humedad y a los hechos.
Sentada en mi sexo fue tomando velocidad. Yo estaba entregado al bajo perfil. Un rato después la escuchaba hablar de sus peripecias en la facultad, de su participación en el centro de estudiantes de filosofía y de algunos libros que la estaban emocionando.
Acaricié sus tetas con la punta de mis dedos humedecidos. Bajé, a los besos, por la pancita delicada. Era un diapasón muy cómodo. Abrió las piernas, con sus dedos separó los labios, y allí lo vi: ese clítoris daba para un furioso rock and roll. Además, yo, con un encordado 0,11 me siento favorecido porque las notas aisladas se comprimen por naturaleza, y cuando hago acordes los siento más gordos, más definidos. Le expliqué que uso púa medium y asintió, entonces empezamos a improvisar sobre la famosa escala pentasensorial. Fuimos ganando volumen con el deambular de los compases. Ella sonaba clarísima y afinaba en todos lados. Los acordes era voces clamando piedad, las notas eran las caras sudorosas de las musas convocadas a espaldas de Mnemosine.
Lanzábamos colores desde la plataforma, los reflejos provocaban brillos que obligaban a cerrar los ojos mientras el equipo respondía fiel a nuestra equalización.
En plena visualización ella se va por mi piel, me raspa con sus poros excitados. Repta por el pequeño pasillo que está entre mi costado y la colcha retorcida. Su boca tibia llega, la lengua va y va. Sus dientes aprietan con pasión, pero suave a la vez, hasta llegar a la ínfima raya divisoria entre el placer y el dolor, y ese es un territorio que me agrada. Sé lo que sigue y me gusta saberlo. Entonces toma el micrófono, y mientras le habla en un código para intuitivos, su mano derecha comienza a subir y a bajar sobre esa superficie que se va endureciendo a golpes de humedad y caprichos. Amplifica a través de él su desfile de sensaciones primitivas, mientras yo lo grabo en mi cinta sin fin.
Viajé hasta más no poder. A tal punto que traspasé el carajo y estallé. Luego mi voz improvisó un solo sintético, de ocho compases y a la parte “A“ otra vez, pero más distendidos. Abrí los ojos a tiempo que oía una misteriosa música que llegaba desde la ventana. Dirigí la curiosidad hacia allá descubriendo el máximo flash: la Telecaster del negocio aquel en persona, colgada sobre el vidrio del lado de la calle.
Me observaba minuciosa, como un voyeur en plena sesión. Sus cuerdas comenzaron a romperse una a una, los celos la atormentaban. Pobrecita, lanzaba los trozos de cuerdas sobre el vidrio y se quedaba quieta esperando el estallido. A todo esto las clavijas comenzaron a girar alocadas buscando desafinarse para siempre. Los potenciómetros daban vueltas interminables y a una velocidad que borraban sus propios números. Let it be.
Y, claro, la tipa estaba descontroladísima tratando de demostrarme que ella conocía muy bien todas esas cosas que yo había sufrido el día anterior. Mientras tanto la lengua de Fabiana se deslizaba con esa sensualidad que sólo presta el descontrol buscando llevar un tierno paliativo a esos pobres diablos que reúno dentro mío.
La locura ha comenzado, John. La mujer disfrazada para el corso de mi placer está agitada midiendo los espacios de la casa, ella sabe como alegrar a los visitantes.
Esa guitarra apoyada contra el vidrio vino a premiarme, me necesita en su banda, quiere a ese trovador que es capaz de cruzar el más caudaloso río de aguas turbulentas con tal de tenerla.
Mi flash pasea saludable entre las sombras que proyectamos los tres. Quizá sabiendo que a partir de ese momento algo épico secuestraba a todos nuestros miedos. Yo pensaba en el imbécil que valiéndose de una cruel vidriera intentó separarnos.
Sí, el existe, no lo puedo negar, pero su lugar no es el nuestro. Podemos cruzarnos y hasta vernos, pero no tocarnos, y así continuaremos, en línea recta y a velocidad constante. Nuestro aire caliente conoce la liviandad y sube con la funda o con el estuche, incorpora oxígeno y el miedo se quema.
Miro el mundo y me doy cuenta de que está girando, mientras mi guitarra llora suavemente.
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