Con Juan teníamos un claro objetivo: rearmar la banda luego de un corto parate. Pero la decisión se demoraba por un laburo para el que estábamos apalabrados y del cual esperábamos noticias. Se trataba de organizar la cartelera de un pub, en la avenida La Plata al 700, en pleno barrio de Almagro, que ya tenía su tiempo de existencia, cierto nombre en el barrio y una importante discoteca al lado que le proveía gente a lo largo de la madrugada. El boliche, a partir de ese momento, pasó a ser capitaneado por un pequeño dealer del barrio de Mataderos a quien conocimos el año anterior. Luis, el susodicho, tenía cierta trayectoria en el mundo de los negocios, tanto por derecha como por izquierda, y el barrio antes mencionado era su base de operaciones desde hacía varios años. Representaba el típico caso del merquero que abre un negocio a manera de pantalla, en este caso una pizzería, para cubrirse de posibles malentendidos. Pero aquí tengo que detenerme con el fin de reconocer que el factor suerte hizo una parada bastante prolongada dado que, a pesar de todos los quilombos en los que Luis se involucraba, el dinero aparecía por todas partes y las diversas situaciones se acomodaban a sus propias necesidades. Tal era la suerte de este tipo que vio la posibilidad de tirarse a algo más importante, pues, según él, la pizzería caminaba tan bien que hasta se podía dar ciertos lujos como el de abrir un pub para saciar su factura con la veta artística.
Nos reunimos en aquella pizzería, recuerdo, una noche lluviosa en la que las alcantarillas no daban abasto y el agua comenzó a trepar las veredas, mientras la gente se movía nerviosa en las mesas temiendo lo peor. Luis, entusiasmado por el proyecto, no paraba de hablar y hasta pareció soltar toda su lacónica imaginación. Fantaseaba con abrir un espacio para mostrar espectáculos de gente postergada o de artistas que por equis razones no conseguían hacerse públicos. Esto sería abarcativo tanto para la música, como para el teatro, la poesía, o diversas exposiciones de arte. Dijo, desenmascarando su propia melancolía, que era un antiguo proyecto que a fines de los 70 debió posponer por razones obvias. Contó, alimentando con gestos nerviosos una frágil melancolía, que esa iba a ser su manera de arrimarse al arte, un mundo al que según él sólo miraba de lejos, y hasta se definió cobarde por no animarse nunca a empezar algo, un instrumento o un curso, por temor a descubrirse mediocre, no iba a tolerar tal decepción y entonces decidió esperar hasta tanto el mundo de los negocios le de la oportunidad de, aunque sea, jugar de visitante.
Llegamos a un acuerdo y, como dije antes, Juan y yo seríamos los encargados de las respectivas convocatorias mediante contactos, avisos en el diario Clarín o algún medio por el estilo. Contábamos con un pequeño equipo para ofrecerles a los grupos un sonido decente, algunas luces caseras armadas por Juan, y diferentes elementos escenográficos. Fuimos seducidos de inmediato por la idea, y en esto voy a tener el acompañamiento comprensivo de todas las personas que en este país intentan llevar a cabo cualquier proyecto artístico. Estoy refiriéndome a que cuando deseamos sacar a la calle ese proyecto tenemos que transformarnos, a la par, en productores, asistentes, publicistas, desprolijos pegadores de afiches, directores, difusores, o financistas como para que esa idea se haga pública. Para darle gas a dicho proyecto hay que poner en acción una batería de elementos ajenos, inmanejables, nefastos en algunos casos que nos tienen en jaque en forma permanente. Moraleja: cualquier argento que desee lanzarse en Vigilandia al arte mejor que empiece por definirse como guerrero.
Volviendo al tema del pub recuerdo que en apenas unos días lo pusimos en condiciones óptimas, aunque debo reconocer que se encontraba en muy buen estado. Luis no escatimó plata a la hora de los gastos y entonces todo marchó más que bien.
Los contactos con distinta gente se hicieron al toque como para cubrir las primeras fechas, de manera que varias bandas amigas y pequeños grupos de teatro inauguraron rápidamente la programación. Nuestra agenda, salvo raras excepciones, ocuparía los jueves, viernes y domingos. Los sábados se reservaban para distintos eventos con empresas, agencias, salvo que tengamos algún grupo que vendiera gran cantidad de entradas con anticipación como para justificar la invasión. Pero esto de los sábados era, más que nada, asunto de Luis. Para ello gestionaba por ahí de la mano de Roberto, su socio en la pizzería, un tipo rapiñador, pragmático a ultranza, abogado, con muy buenos contactos en el ambiente judicial. También con la policía, por supuesto, y con la gente transera de la merca, pescados gordos que camina varios pisos por arriba nuestro.
Con Juan aceptamos esa cláusula desde el vamos porque entendimos la necesidad de los dueños de asegurarse una buena guita, y el sábado siempre fue el día clave como para ello. Asimismo nos sacaba presión en la medida que aseguraba un margen de tranquilidad, si bien es necesario darle toda la atención que se merece al tema económico, no es menos cierto que si uno cuenta con un proyecto artístico lo primero que debe quedar claro es que se trabaja a largo plazo, algo desconocido por los bolicheros argentos.
Por otro lado se daba la posibilidad de presentarnos en dúo, digo esto porque nuestra música era esencialmente para ser tocada en banda, pero nos pareció más que interesante laburar a dos guitarras acompañados por una máquina de ritmo.
Con tal motivo diseñamos un repertorio que nunca habíamos encarado ni juntos ni por separado, siguiendo la premisa de que en este tipo de experiencias conviene subirse al carro de lo imprevisible. Nuestro show iría los jueves y domingos en plena madrugada, a manera de cierre.
Como siempre sucede en estos casos recibimos una avalancha de propuestas de parte de gente que buscaba lugares en donde presentarse. O Vigilandia es una ciudad plagada de artistas, o es que los lugares como para actuar brillan por su ausencia, no lo tengo claro. Es cierto que a veces pasan ambas cosas a la vez, pero no puede negarse que ante la aparición en el mercado de un lugar en donde se trate a la gente del arte con respeto se prevé un aluvión.
Por esa razón salimos en marcha de inmediato programando grupos de teatro los jueves, bandas musicales los viernes, y encuentros de poesía, mechados con distintas exposiciones de escultura o plástica, los domingos. No teníamos competencia en la zona y la propuesta, si bien no era nada original, tampoco caía en obviedades. Quizá por estas razones la gente se fue acercando, la publicidad de boca en boca fue haciendo lo suyo y el boliche se transformó en poco tiempo en una especie de usina under.
Tuvimos tres clases de invitados especiales a los que no le habíamos cursado ningún tipo de publicidad: una banda heterogénea de putas, algunos dealers que caminaban el barrio, y los fieles y atentos muchachos de la Federal.
No fue una tarea fácil lidiar con todos a la vez tratando, al mismo tiempo, de satisfacerlos por separado. Cada uno, por su lado, complicó las cosas y terminó utilizando el pub como campo de batalla para defenderse de los otros bandos. Asimismo se fueron creando subgrupos dentro de ellos como para aumentar la diversidad de fieras al acecho. Junto a las putas se “aliaron” algunos travestis; rápidamente empezamos a ver dealers de merca y otros de porro; y a los chicos de la comisaría del barrio se le arrimaron turritos de toxicomanía, pesados de robos y hurtos y coimeros de defraudaciones y estafas y otros indefinidos, al menos para nosotros. De cualquier manera teníamos un amplio margen de maniobra dado por la muy interesante “colaboración” que Luis y el socio tenían para con el comisario. Siempre se presentaba algún que otro incidente menor, pero ya todos sabemos que esa es una de las variadas tácticas policiales como para hacer una demarcación de territorio, entre ellos, y a manera de ayuda memoria para con el resto. Un operativo representaba una hipótesis de mínima.
Una fiesta medio gay organizada a puertas cerradas quedó para la posteridad. Tuvimos la presencia estelar de varios jueces, empresarios y distintos exponentes de la corporación homosexual gustosa de revolear sus culos caros por un pub exclusivo para ellos. Lo de medio gay tiene que ver con el tipo de personajes a quienes se le había cursado invitación. Me estoy refiriendo no sólo a trolos del ámbito judicial, policial o empresario, sino al entorno que los protegía, a los amigos que fueron forjando en cada circuito, o simplemente a la fauna machista que no los mordía por conveniencia.
Han pasado algunos años y quizá el olvido haya arrastrado jugosos pormenores, pero voy tratando de ordenar una gran parte de lo acontecido.
Recuerdo la imperiosa necesidad de organizar un extenso espectáculo, sin altibajos y con intermedios breves. Para ello trajimos un cómico que era una máquina de contar chistes. La velocidad a la que lo hacía era proporcional a la cantidad de saques que se pegaba; dos chicas enmascaradas que hicieron un show de transformismo que nadie entendió, pero esto no tuvo mayor importancia; un putito, hijo del comisario de Mataderos, que expuso una serie de cuadros eróticos; y por último, con Juan, hicimos un show exótico cantando temas de corte gardeliano, con arreglos modernosos, y algunos temas propios que guardábamos por ahí. La música que se escuchaba era, en general, salsa, con pasajes de boleros y algo de los sesenta, tanto como para no olvidar que los culos también pueden caer en ciertos estados melancólicos.
En medio de su show hiper acelerado el cómico contó una historia con ribetes de humor negro y otros tantos de xenofobia que enloqueció a una platea tan proclive a algo así:
- En pleno barrio de Once hay una discusión encarnizada entre un coreano y un judío, que se están disputando la zona. En medio de la discusión sobresale la voz desaforada del judío, por supuesto un dogor narigón y con cara de boludo, que acusa:
- Ustedes, los coreanos, sí que son una manga de hijos de puta, viejo, sádicos, criminales. Pero además de asesinos son cagones, porque atacan por la espalda, y no precisamente por ser soplanucas… esto sin ofender ¿eh? ¡no, lo hacen de puros cagones que son…!
- A ver, ¿de dónde usted sacó eso? no ve que es un mentiroso, un falso, como buen judío…- Replicó el coreano que ya estaba caliente.
- ¡Claro que tengo razón! ustedes atacaron la base de Pearl Harbour y mataron a un montón de gente por la espalda, no tuvieron las pelotas de presentar batalla, no, hicieron una carnicería y a traición…
- Pero ¿qué está diciendo, hombre? no sea bestia, no ve que no sabe un carajo de historia… cómo va a decir semejante barbaridad, en esa base lo que hubo fue un ataque japonés, ahí los coreanos no tuvimos nada que ver…
- Ma` sí, coreanos, chinos, japoneses, si son todos la misma mierda…
- Así que los coreanos somos mala gente, y entonces cómo se explica la barbaridad que hicieron ustedes, judíos de mierda, que hundieron el Titanic…
- ¿Cómo? ¿qué carajo está hablando?
- Claro, viejo, no le da vergüenza, toda esa gente paseando en semejante barco, de joda por el mar haciendo historia y van ustedes, que son unos resentidos de mierda, lo atacan y lo hunden… ¡ hijos de mil putas… no... si Adolfo tenía razón…!
- Pero no ve que usted tiene mierda en la cabeza… ahí sí que los judíos no tuvimos nada que ver, si todos saben que al Titanic lo hundió un iceberg…
- Ma` sí, Iceberg, Goldberg, Rosemberg, son todos la misma mierda…
Carcajada general sospechosamente estruendosa que percibí porque justo en ese momento andaba por la barra. Oí a un juez, enfundado en un traje que hacía brillar una elegancia perversa, comentarle a un tipo, también de traje y con pinta de embustero:
- Este sí que es un chiste actual, ¿eh? encima que la sinagoga radical permite el libre movimiento de estos chinos, ahora “el chapulín colorado” les prolongó la eximición de impuestos por cinco años más…
- Y, viejo, ahora sí que nos jodieron… el país está en manos de estos judíos de mierda, ¡cómo van a nombrar como ministro de economía a un judío! para colmo de males ahora hay que aguantar que vuelvan con “aires revanchistas…” cagones de mierda…
La forma de hablar del tramposo endulzaba los oídos del juez, esto se notaba en el nivel de falsedad que empleaba para ello. Estoy seguro que sus declaraciones eran sinceras más allá de la conveniencia del momento, en el brillo que se arrastró en su mirada se plantó tal convicción.
En el momento del remate del chiste se respiró un tufillo antisemita que le puso a la risa una marca, como una forma de articular cierto sentido de pertenencia. Y allí estaban “ellos”, para santificarlo y bendecirlo, los que faenan la “justicia” ciega de verdad debajo de su crucifijo paranoico.
A través del festejo de ese chiste se tenía la certeza de estar parado sobre un refugio peligroso. Un club de inconfesables que cerraba sus puertas para mostrarle a los elegidos su propia exposición de cuadros de carencias, sus esculturas vivientes más amenazantes, su tórrida apología de la precariedad. Esas mismas que deambulan por Vigilandia sin fecha de vencimiento y con materia prima reciclable.
Sobre uno de los rincones del pub se instaló una mesa de comisarios en donde se vio a esos tipos jugar el papel de sacerdotes de primera clase, un sector vertiginoso en donde se moldeaba y se hacía realidad el sueño viscoso de muchos presentes. En ella cuatro mandamás de la zona reían con desparpajo, comprendiendo, a través del relato de los otros, que su propia vigilia era la tan temida máquina de fantasmas que se empeñaba en repartir singulares insomnios.
Manoseaban a cuanta puta andaba por ahí, a cada rato secreteaban por lo bajo, ninguneaban sin descaro a los travestis que ni siquiera se les arrimaban por temor a incoherentes represalias, y todo sin un gesto de más, haciendo alarde de una penosa economía. Los veía y pensaba en cómo sería una reunión de amigos en un café allá en el infierno, sentados junto a unos tipos siniestros, cagándose de risa acerca de recuerdos de algún día olvidable cuando, sin proponérselo, sonrieron sin calcular el resultado, o se dejaron llevar por la emoción de una discusión futbolera mientras miraban a unos tipos más hijos de puta que ellos jugar al billar con bolas robadas en el paraíso.
Luis había reservado whisky importado, así como fiambres españoles y vinos franceses. Lo sorprendente fue verlos manejarse con absoluta naturalidad frente a tal despliegue. Conocían bien cada rito de degustación y, según me comentó Luis al finalizar el evento, se revelaron como temidos catadores. Claro que cada uno de ellos representaba la cabeza zonal de verdaderas mafias que regenteaban negocios tan caros como peligrosos, pero que a ellos, ahora desde la cima, les resultaban baratos e inofensivos. Sólo había que capitanear con dureza hacia adentro y con diplomacia hacia afuera para domesticar el asombro y tutearse con las pesadillas.
La recaudación mensual por la protección de comercios, la venta de drogas y afines, el peaje a los dealers, los “permisos” para el juego clandestino, el movimiento de putas y travestis, las coimas a los puestos callejeros, las “donaciones” a la cooperadora policial, las limpiezas de zona para robos calificados perpetrados por gente “amiga”, los porcentajes de albergues y saunas, más las transacciones con los familiares de los detenidos de turno generaban un movimiento de capitales que hubiera ruborizado hasta al propio Smith. Si bien estamos hablando de una organización que da empleo a muchísimas personas y procura el alto bienestar de la familia policial, no se puede negar que estos señores manejan fortunas. Los suboficiales tienen que conformarse con la caja chica, salvo aquellos alumnos devorados por la envidia que deciden transformarse en monstruos aplicados de películas ajenas. ¿Existirá una profesión más repugnante que la de ser policía y encima en Vigilandia?
En un costado de la barra vi a Luis pegado al teléfono oyendo a su mujer explicar por enésima vez que los chicos lo extrañaban. Poniendo cara de cansado pero acostumbrado le guiñó un ojo a “Manguera”, famoso revienta putos que nunca se perdía una fiesta de estas.
- Se ve que pegó una buena… - Comenté a Luis, mientras señalé a Manguera con la vista.
- ¡A este soplanucas sí que la vida le sonríe, loco!
- ¿De qué se tratará esta vez?
- ¿Ves ese chabón de traje a rayas? ese que está sentado ahí, abajo del baffle y peinado para atrás.
- Sí, dicen que es juez…
- ¡Sí señor! y se lo enganchó este hijo de puta… así que va a coger, a escabiar champú del mejor y a tomar merca sin corte… ese es un juez probo... probó de todo...
- Pero llegó hace un ratito… ¡qué velocidad, viejo!
- No, boludo, ¿qué te pensás? este es un pijo famoso… ¿por qué te creés que le dicen manguera? cuando este pela la “tararira” salen corriendo todos los pescadores…
- ¡Qué desperdicio, viejo!
- ¿Por qué? si este chabón tiene mujer, tiene un par de pibes que son un fenómeno, siempre los encuentro en la cancha, son cuervos hasta las pelotas, nada más que se bandeó por ahí, pero bueno, así se armó de un par de taxis, se compró un derpa acá sobre la calle Rosario. Lo que pasa es que la mujer la tiene clara y no lo jode para nada, ¿eh?, la minita no es ninguna boluda, sabe que una pija como esa puede alimentar una familia, y que se la tiene que bancar… si la juega de celosa va tener que salir a laburar, en cambio así, colegio privado para los pendejos, buena pilcha de la avenida Cabildo, vacaciones en Miramar, careteo del mejor delante de las amigas, y lo más importante para ese tipo de minas: nadie le toca el culo. Imaginate si vos vivieras con una yegua con un orto así, dos tremendos globos y una zanja de medio metro ¿qué harías? si sabés que la mandás a yirar y te salvás, qué vas a pensar, hermano… ¡que trabajen los giles…! ahora, si vos me decís que para hacer la de Manguera hay que tener estómago, bueno, esa es otra canción…
(mirameló a Manguera, hijo de puta, ahora camina contento, está chocho el turro, se palmea el bolsillo derecho, mirá cómo lo mira el cajero, y, todos saben cuál es, ¿cómo me sentiría yo si en el barrio me apodaran Manguera, o Pistola, Trabuco, Tararira, el Chaucha? pararme frente a cualquier mina y en cuanto me pregunte ¿qué música hacés? o ¿de qué signo sos? ¿venís siempre acá?, o cualquier pelotudez, me le arrimo a la oreja y le digo con tonito canchero: “en el barrio, me llaman Manguera…” además, seguro que en cuanto te las cogés no se borran más, loco, te vienen a buscar todos los fines de semana, así como a uno le gustan las minas con buen culo, un par de buenas gomas, a estas le copará un tipo con una buena garompa, qué suerte que tiene este hijo de puta)
Sobre la pequeña tarima, que hacía las veces de escenario, se apersonaron dos minitas bastante exóticas. Muchas veces el término “exótica” uno lo utiliza cuando no sabe cómo definir con claridad lo que vio, bueno, este es uno de esos casos. Lo suyo fue más bien breve, por suerte, y estuvo rodeado de indiferencia ya que por esas horas el alcohol ya hacía estragos. Las putas ya tenían definidos a sus candidatos, los trolos revoloteaban a sus nuevos dueños y los travestis juraban no tener secretos.
Mención aparte para Christian, el hijo del comisario de Mataderos, que no paró en toda la noche de comentar sus propios cuadros a cuanto ser merodeara alguno de ellos. Si algo tenían en común dichas pinturas era esa molesta incoherencia que mostraban entre sí. Uno los recorría con la mirada y al cabo de unos minutos percibía el vértigo silencioso que suele estrangular a los neófitos. No quise pensar en los expertos, así como tampoco en las víctimas desarmadas de su padre que, malhumorados, brindaron su aporte a regañadientes para financiar una carrera plástica impresentable.
Esquivando algunas concurridas mesas pude llegar hasta la columna en donde colgaba uno de los cuadros. El artista auspiciado por la federal comentaba a un observador:
- Si bien la producción masiva, encarnada por la fotografía, intenta reemplazar a la originalidad manual de la plástica lo que yo trato de expresar es nuestra propia crisis de representación frente a aquello con lo que estamos interactuando, ¿entendés? o sea: ante el principio de incertidumbre que se nos plantea yo trato de plasmar sobre la obra esa especie de beneficio de la duda, que es en realidad lo que estoy percibiendo…
- Claro… de pronto esa mujer sin cabeza que vos mostrás ahí, recostada sobre ese rincón oscurecido, casi lúgubre, diría yo, sobre la que bajás una sombra indefinida, es en verdad la realidad de ella pero tal cual como vos la estás recibiendo. - Dijo el candidato a soplanucas mientras extraía de su cartera un broncodilatador.
- Exacto, es volver a lo que planteó Cézanne alguna vez: “lo visto contiene al que ve”, con el agregado de esas deformaciones en donde está presente la teoría de la variabilidad, es como que todo lo trabado ya no está, ¿te das cuenta?
- A propósito, ¿estás exponiendo en alguna otra parte?- Preguntó pusilánime mientras guardaba el broncodilatador luego de usarlo disimuladamente.
- Tengo una par de galerías que me están esperando pero como viajo a Nueva York en veinte días no quiero comprometerme con nadie. Eso por ahora, porque quiero irme sin presión, ¿sabés?, totalmente suelto, no sé, es como que necesito replantearme varias cosas sobre todo lo que vengo haciendo y bueno, a partir de ese replanteo ver cómo encaro las cosas a mi regreso.
- Ah, para eso no hay como viajar a Nueva York. Una vez que estás ahí recién se puede decir que te reencontrás con tu costado creativo, con tu energía real. Y no sabés lo que es el Museo de Arte Moderno, ¡no se puede creer! además, por el tipo de trabajo que vos hacés, te aseguro que te va a remover todo. Y tenés que ver las obras de Warhol. Exclamó, recordando que alguna vez supo estar bajo el influjo del esplendor.
- ¡Me muero! es que la obra de Andy me parte la cabeza… con ese toque aristocrático. Ahora, fijate qué coincidencia: esto que decís mamá me lo repite casi en forma constante… a lo de Nueva York, me refiero.
Mi presencia silenciosa los puso algo nerviosos. A cada rato giraban para mirarme, como si yo tuviera en ese momento la vara de la legitimación. Y en mí sólo se notaba ese aire a descreimiento, ese nihilismo tan particular que exhibimos frente a los simulacros clasistas. Sucede que cuando el carruaje de la boludez se acerca por el camino lo mejor es ponerse tras un árbol y ni siquiera asomarse.
Seguí de recorrida y ahí me crucé con Magda, una asidua concurrente de los sábados. Una aplicada estudiante de letras, cercana a la licenciatura, que ni bien llegó del Chaco vio caer sus ahorros velozmente y casi de casualidad se metió en la noche.
En uno de sus tantos laburos temporarios conoció a un alto directivo de la Ford, casado y de excelente posición, que caprichoso, luego de cada polvo, comenzó a entregarle suculentas sumas de dinero a manera de premio incentivándola a hacer carrera en la prostitución. El mismo tipo la recomendó a otros empresarios armando una cadena erótica que hasta hoy tensa en la noche porteña. Quizá fue así, un poco de casualidad, otro poco de necesidad para bancarse la carrera, pero en realidad ella lo vivía como un destierro que ni siquiera producía odio. Movida por la fuerza del desgano dejaba ir parte de los días navegando con los oídos taponados de cera por el cuerpo de hombres llanos, falsos Odiseos que disfrutaban tanto alejarse de los escándalos, como preguntar por lo que sentían otros hombres para confirmar su profanada lejanía.
Magda era una mina con la que me enganchaba a hablar de libros, autores, algunos tan brillantes como desconocidos para mí. Y, sobre todo, de la obra de Borges, alguien casi desconocido por mí, y del cual ella era fanática. Una noche, luego de explicarme la historia de algunos cuentos, su contenido y la extraordinaria recepción de parte de la intelectualidad mundial, me regaló una vieja edición que contenía “Ficciones” y “El Aleph”, del recordado Círculo de Lectores. Vi esa vieja encuadernación tan bien cuidada y fui hacia las hojas finales para leer su fecha de impresión: febrero de 1978. Tenía muchas oraciones marcadas con lápiz, y esto me encantó porque le ponía ese toque de calidez subrayada, de enamoramiento por las oraciones que son subrayadas bajo una emoción ritual . Regalármelo fue para ella como una acción solidaria, como si entregara un tesoro a compartir, se notó en esas palabras nerviosas desenredándose entre labios solitarios.
Incluso cuando Magda llegaba temprano solíamos sentarnos a tomar un café y charlar a espaldas del tiempo sobre el complejo tema de la literatura y sus ilimitados componentes, algo que ella definió como “la verdadera lujuria”.
- El otro día me acordé de vos…
- ¿Por qué? – Preguntó sorprendida y alegre a la vez.
- Iba caminando por Cabildo y en un momento me dije en voz alta: “mirá ese culo que va ahí”. Entonces de inmediato pensé: esto es la famosa sinécdoque que Magda me explicó, ¿ves que soy tu mejor alumno?
- Cómo les gusta a los porteños estar atento a los culos…
- Y, un buen culo es un clásico…
Vinieron a decirme que Luis estaba buscándome. Se trataba de preparar el terreno para nuestro show. Me dirigí hacia la parte trasera del boliche, donde se encontraban la oficina y la sala de cachivaches. Por error abrí la puerta de este último lugar y pude ver a Gaby, un traba insoportable que teníamos abonado, apoyado con ambas manos sobre la mesa de madera, inclinado sobre la misma, sin la minifalda, ofreciéndole el culo a un suboficial de la 11 que lo porongueaba sin parar de sonreír.
Di con la oficina y allí me aguardaban Luis y Juan quienes se cagaban de risa como desaforados, contándose anécdotas de la fiesta que transcurría afuera. En media hora estaríamos tocando de manera que salimos en búsqueda de los instrumentos para afinarlos. De inmediato volvimos y nos metimos en un pequeño gabinete dentro de la oficina, un invento que el propio Luis diseñó para ocultarse cuando debía cerrar tratos más que secretos. Estábamos en plena tarea con el silencioso afinador electrónico cuando escuchamos que Luis le abre la puerta a alguien apurado por entrar sin ser visto. Era el subcomisario de la 11, quien, por lo oído, se encontraba más que exaltado:
- Pero escuchame, Luis, ¿en qué quedamos, viejo? lo tengo ahí al comisario rompiéndome las pelotas a más no poder, nosotros te dijimos: “vos fijate qué vas a hacer y nosotros te ponemos la gente”.
- Aguantáme, Chino, tengo un quilombo bárbaro y encima me tironean de todos lados…
- Sí, todo lo que quieras, pero el Tano está sacado… se te llenó el boliche de tropa ajena, viejo, ¿qué carajo es esto?
- ¡El pelotudo de mi socio…! vos sabés como es ese chabón… invitó a varios jueces, hay un par de fiscales… y está como loco. Encima le tiran de las pelotas porque todo el mundo se pone paranoico…
- No te hagás el boludo, Luis, sabés de qué hablo, esto no es una cosa de esta noche, yo sé que ese forro de Floreal es un buche de Mataderos y viene bancado de allá, vos tenés la pizzería allá en Alberdi pero acá el asunto de mover merca es nuestro y ese tarado no puede venir a tocarnos el culo, por eso el Tano está como loco.
- Pará, Chino, calmate un poco, no grités, estás reduro…
- ¡Chino, las pelotas! ¡sacame a ese buchón de acá porque te lo quemo!
- Bueno, dame un rato que lo chamuyo con Roberto y te lo fleto…
- Sos un otario, Luis, si yo te lo dije bien clarito apenas abriste acá: “¿vas a mover porro?, te traigo la gente; ¿querés mover merca?, te ponemos un dealer que camina bien; ¿vas a laburar con minas?, te traigo el Maipo y El Astros…”
- Pará un cachito, Chino, escuchame…
- Pará, las pelotas, escuchame vos a mí: ¿para qué te dejás bandear por tu socio, gil? ese pibe se confundió, es un siome y vos lo sabés… ¿o no?
Por supuesto que el botón ni se imaginó que dentro de ese cuartito se ocultaban dos embajadores del país del enemigo. La tierra en donde los desiertos se colman de uniformes, en tanto que en las calles, por donde declina la noche, la gloria corre venturosa con una botella de ginebra en cada mano.
La madrugada multiplica lo desconocido. Por ahí esta sea su mejor circunstancia, o al menos la que más se parece a lo que siempre soñé.
Pero lo cierto es que aquella noche aparecimos sobre la tarima con una carga sin escrúpulos que fue una novedad. Es factible que desde lejos se haya parecido más a una astuta insolencia, aunque de cualquier forma lo nuestro caía como una descarga sin solución de continuidad, nada más. Y ahí estaba el símbolo que habíamos elegido, la marca fabulosa de la borrachera que sentencia. Es cierto que uno no hace otra cosa que disparar hacia adelante sin mirar qué es lo que va quedando atrás, breves instantes en los que no se sueña con corregir el pasado ni con la melancolía que nace al cruzar la frontera. Los estampidos corren tras los asombros o al revés, nunca lo sabré, al final de cuentas la guitarra tironea y la voz se acomoda como puede tratando de esquivar a ese vacío que siempre nos busca.
Programé con el delay un sonido lejano que situó al micrófono por encima de las mesas, por ahí también vagaban las putas, los travestis, los cuadros, en vuelos rasantes que no tenían la intención de arrastrar a otros ojos que no fueran los nuestros. Pasaron varias canciones que flotaban sobre esa máquina de ritmo en la que programamos una repetida percusión, que seguramente marcaba la fría prolijidad de la tecnología, pero siempre pienso que será tarea nuestra establecer una nueva temperatura que nos ponga más cerca. La marihuana y la ginebra tenían a su cargo el resto. Hicimos un par de tangos que nos gustan, como “Yuyo verde”, “Muchacho” o “Muñeca brava” y no tocamos, por si las moscas, un bolero que compusimos hace poco y gusta mucho en el boliche: “Si me das ese culo”.
Cuando los hombros comenzaron a descender y los músculos volvieron a sus casas estrenamos un tema que veníamos tocando desde tiempo atrás. Lo presentamos hablando de algunas cosas que comentaba, pero no lo nombramos porque aun no tenía título y parecía estar bien así.
El clima estaba enrarecido y alardeaba con su peso porque las distintas bandas ya no se bancaban y tanto el alcohol como la merca habían hecho una devastación. Cuando sonó la letra del tema los interesados nos mirábamos desplomados detrás del humo que tajaba. Aun recuerdo aquellas palabras musicalizadas: “Ella bajó y se fue entre trazos de aquella alfombra, nunca me dijo que enrosqué sólo su sombra, y allí quedé descalzo. Su cuerpo ardió otra vez y se arrastró hacia mi cama, mezcló el deseo y la piel y fui el tonto en la colina, lamiendo sus verdes pies. Después el vodka hizo lo suyo, mostré unos trucos para no caer en la telaraña”.
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