sábado, 22 de mayo de 2010

El cordero se acuesta en Buenos Aires

E

staba recostado, cómodo, sosegado por demás. Desde la casetera se escuchaba una de las obras de arte musical que más me ha asombrado: “El cordero se acuesta en Broadway”, el último disco de Génesis en el que participara el genial Peter Gabriel.

La soledad se había tornado intimidad pura conduciéndome por buen camino hacia una especie de retiro preventivo. Lo disfrutaba sabiéndome distante de los que explican, ordenan, saben, inculcan, manejan y convencen.

Tampoco desfilaba ante mí nuestra famosa Guardia Nacional Freudiana pidiéndome culpas documentadas, así que el tiempo íntimo se lo dediqué a Génesis. Sucede que en momentos como ese la música envía consignas, al menos eso creo, entonces comienzo a pensar que las ideas pueden tener influencia sobre el curso de las cosas.

Tocaba su mejor solo la sesión cuando sonó el portero eléctrico. Del otro lado se anunció Claudia, de este dibujé una sonrisa y estaba bien.

Llegó acelerada, como siempre. Colgó la campera de cuero de verdad en el perchero, aprovechó para mirarse en el espejo y se acomodó en el sillón rojo mientras estiraba su minifalda hacia abajo. No paraba de hablar, por esa razón, con delicadeza prestada, le ofrecí un vodka a manera de aterrizaje. Casi de repente el ambiente pareció contagiarse del perfume con olor a caro de su cuello desnudo.

Había estado la noche anterior en casa con un grupo de amigos y en medio de todas las miradas las nuestras se encontraron en varias oportunidades, esto explicaba tanto la visita como mi expresión de alegría. Se notó en algunos gestos precisos que algo nos teníamos jurado. Ahí solté mi propia sesión de meloneo.

- Andaba por acá y se me ocurrió venir a verte.

- Soy un tipo de fortuna.

- ¿Por qué?

- Bueno, si tengo que comenzar con el curso de apuntalamiento anímico es otro precio…

Claudia es por definición una verdadera potra. Uno la ve y no puede abstraerse de mirar esas tetas sorprendentes, 107, creo, una maravilla. Podría ir haciendo un minucioso relevamiento de su stock corporal, pero hay un detalle clave que lo explica todo: su nacionalidad brasileña. Para nosotros, los porteños, las brazucas son un mito moderno y tienen bien ganado el cetro, todo aquel que estuvo en Brasil lo puede certificar.

Quizá alguna vez, cuando abandonaba la adolescencia, mirándose al espejo pensó que su cuerpo estaba en condiciones de aliviarle las cosas, al menos por una buena parte de su vida. Será por eso que echó mano a la danza, de modo sencillo por supuesto. Acto seguido se compró unas pilchas acordes como para estar a la altura de las circunstancias, salió a la búsqueda de una agencia que la represente, y así, los cabarets y las fiestas privadas sumaron una nueva estrella a su voluminoso elenco inestable. Me pregunto cómo será darse cuenta que uno tiene el poder en el cuerpo, que a través de él uno puede conseguir objetivos importantes, que con sólo pararse frente al enemigo y mostrarle esos atributos este pasa a estar bajo nuestro pulgar. Pero ese es un territorio privilegiado sólo visitado por las minas.

Para encarar esos shows que rápidamente fueron apareciendo se buscó la partenaire indicada: Alicia, una putarraca de aquellas, abanderada de la causa sexo, drogas y rock and roll, es decir, una patriota. Juntas protagonizaban coreografías basadas en música de Pink Floyd, pero esto no tenía la menor importancia. Comenzaban con movimientos sensuales, pero ojo que hablo de una sensualidad algo densa, diría que con un pie y medio en lo agreta, luego aparecían algunos gestos zarpados lentos que provocaban al público. A medida que iban quedando en bolas la cosa se tornaba lésbica, despacio iban cambiando aquello agreta por algo un poco más romántico, pero no mucho, y eso sí, cerraban con un final apoteótico curtiendo guasamente entre ellas, con lo cual se calentaba hasta un ciego.

Tuve la oportunidad de verlas actuar en cierto boliche del barrio de Parque de los Patricios, un lugar paradigmático clavado en medio de una zona abarrotada de camioneros, muy cerca de la cancha de Huracán. Uno de esos antros en donde, por ejemplo, al ingresar al baño se escuchan las mejores tesis sobre sexología en voz de desconocidos que al declararlas nos miran como si fuéramos compinches de toda la vida, y en las paredes, además, se leen inquietantes aforismos de sabios anónimos.

Atravesaba espacios infinitos con mis ojos pensando a futuro cuando sus piernas se cruzaron con mí deseo, la fotografía del choque hubiera sido una digna tapa del diario Crónica.

Sacó de la cartera el papel metalizado. Con el mensaje entre manos fui hasta el botiquín del baño, traje la gillette y se puso a peinar. Cortó seis rayas bien prolijitas sobre la mesa de fórmica, esa misma mesa sobre la que hacía los deberes cuando era chico y que, con gentileza, mi vieja me regaló. Largó esa risa nerviosa tan típica de los merqueros y la birome hizo el resto.

- Ahh, que lo parió… alguna vez voy a cortarla con esta turra... resulta que en vez de sacarme la guita un cafishio me la saca la merca... ¿a vos te parece?

- Y, digamos que te buscaste una madama un poco cara...

- Vos no sabés las cosas que hago por esta guacha... hay veces en que me meto en puteríos de cuarta y hago un bardo infernal con tal de hacerme unos mangos para comprar un puto par de papeles... es una locura.

- Me imagino. Para eso andá a comprarte varios mogras, salís a luquear por ahí, te encanutás un pedazo para vos y listo... por lo menos vas a tomar gratis...

- No, gracias… ser dealer no es para mí, loco, vos no me conocés... lo que tenga en casa me lo voy a tomar, de una, y a la larga va a ser más bardo todavía.

- ¡No, si es así mejor ni lo intentes! yo nunca estuve de ese lado, pero debe ser un garrón. Yo no tengo historia con la merca, si pinta tomo, pero no le ando oliendo el culo. - Sí, noté que a vos te cabe más el porro, o el alcohol. Las veces que te vi tomar merca me pusiste nerviosa, lo hacés como... con desgano, que sé yo... sos un hijo de puta. Me acuerdo las primeras veces que te vi tomando merca… realmente te odié, me parecía que lo hacías de cheronca, que sé yo, para mí era muy raro eso, y la verdad que no me gustó un carajo... claro, yo dije ¿a este chabón qué le pasa?

- Es que no me produce lo que necesito, así de cortina. Con el porro es diferente: te copás y escuchás música, leés, vas al cine, o te colgás hablando... te acerca más a vos mismo y a la gente que tenés al lado. En cambio con la merca no crecés un carajo, te pone duro y sólo querés más y más y más... al rato estás fisurado, gileando y sin merca porque te la tomaste toda, loco. Entonces volvés a salir a buscar... por ahí ya es tarde y encima a esa hora ya te acuestan con el filo, o te sirven mal, o la cortan con cualquier verdura y te hacés mierda, todo mal. Mirá, ¿querés qué te diga algo?: creo que toda esa gente que la marihuana reunió en veinte años se está estropeando con cinco años de merca. Gente que en la época de los milicos pudo zafar resulta que ahora tiene un par de causas por tenencia o tráfico, otros están directamente hasta las manos... ¿cómo puede ser? lo que pasa en que no te deja manejar el asunto, la merca es algo en lo que mucha gente se puso a laburar para rodearte la manzana. La ciudad está inundada de merca, habitada por cocainómanos, y todo el tiempo se ven situaciones cocainómanas. Y la cana de fiesta, reprimiendo y vendiendo; prohibiendo y publicitando. Es la droga del poder, la de los servicios, la de los políticos que tienen que estar 20 horas al pie del cañón hablando pelotudeces para la gilada paternalista. Ahora, vos te fumás un porro, o te tomás un ácido, o mezcalina y un rato alucinás, pero después la empezás a tener clara, te da lucidez y hacés algo para vos, no vas a producir un carajo para ellos... pero, si te tomás un par de rayas y viene alguno a joderte con ideas profundas le rompés la cabeza, total todo te chupa un huevo… y sobre todo, por más que estés arruinado te tomás un par de saques y te vas a laburar igual. Y eso a este sistema le viene bárbaro, que hagas cualquier cosa pero que no pares de laburar, hay que producir para ellos. Acá, si legalizan el faso, no trabaja más nadie para ellos, loco... y encima nadie se va a creer ninguna. ¿Sabés cuál es para mí la posta?: el porro es una revolución interna y la merca es la dictadura externa, así de sencillito. No es que vengo con la moralina de no tomar merca, ¡no! tomemos, pero sabiendo que no es el faso, que no es el Tao en polvo…

- Chamuyate algo, ¿no? bueno, sí, yo que sé, por ahí tenés razón, pero esa no me sale. Por ejemplo, cuando salgo redura a hacer el show miro a los tipos y no me los banco ni ahí, me acuerdo todo el tiempo de los chabones que me dan asco, de los manejos jodidos, de los gordos pedorros y parezco una puta rabiosa... no disfruto un carajo, y al final es un bajón. Pero, bueno, no te hagas mala sangre por toda esta historia, las minas decimos estas cosas para, qué sé yo, loco, para decir alguna que al tipo lo conmueva. ¡Estos argentinos! ¡eso es lo que me gusta de acá! ¿ves?: los tipos, los tipos y sus locuras. Se hacen problemas por todo lo que una les cuenta, son ingenuos, les encanta el paixao. Se creen cualquiera y se enganchan, tienen tantas ganas de coger que se suben a cualquier bondi y se compran todos los boletos. Las mujeres, muchas veces, jugamos con esas cosas, es una forma de seducción que a ustedes les cabe, man. En ese sentido los brasileños no existen: ellos vienen, te hablan para cogerte y una vez que lo consiguen chau... se van y no los engrupís con nada... y mucho menos si empezás con historias densas, no, loco, ahí sí que te echan a la mierda y no los ves nunca mais. Allá los tipos están entre ellos, se copan con el fútbol, con el escabio, y la minina que se arregle. Acá no; basta que a un argentino le digas: ¡no sabés lo mal que estoy! para que se te pegue y sea tu psicólogo personal, tu médico de cabecera, y tu perrito faldero preferido. De ahí en más el pobre tipo va a todas partes cargando tus problemas, ¡es un bardo! van por la calle y se imaginan las cosas que van a decirte, se enojan con ellos mismos por todas las cosas inteligentes que no te dijeron. Por eso las argentinas son tan histéricas... porque están acostumbradas a que les den mucha bola, a pesar de que se la pasan haciendo boludeces. ¿Querés la solución?: pónganles los puntos, corte de rostro y se termina el histeriqueo. En este país pasa algo increíble: hay mujeres que se sienten revalorizadas a partir de que tienen, al lado, un chabón sufriendo por ellas... pero están de la cabeza... ¿cuál es, loco? esas minas en Brasil, y con esa táctica, no cogerían nunca, te lo aseguro. Y si una se pone la mano en el corazón tiene que reconocer que esta muy bien que sea así. Si al tipo lo manejás mejor cuando lo tenés bien...

Claudia acostó su valioso chasis sobre mi sillón rojo, entonces sus piernas cayeron prolijas excitando hasta a los gérmenes que andaban por el piso. Bajo la ínfima minifalda negra brillaba el triángulo isósceles blanco de su bombacha. Algunos cristianos ya habían reflexionado sobre la posible existencia de paraísos situados al oeste en mitologías no cristianas, y yo estaba ahí para dar señales y testimonios.

El diálogo murió de golpe, descubrí que ya no hacían falta los desvíos incongruentes provocados por el idioma. Sintetizando: fui hacia ella y punto.

El chico del spray olvida lo que hizo y el cordero yace en Buenos Aires.

Apoyé la cabeza como un tierno, que en el fondo lo soy, y sus pechos amortiguaron maternalmente mis deseos más perversos.

Claudia metió esa mano encendida en mi bragueta y riéndose, mientras hablaba con voz de nena, se preguntaba acerca de lo que podía encontrar. A todo esto yo escalaba esos pechos con mi lengua buscando y encontrando motivos para humedecerla aún más. Los pezones morados se fortalecían recordando al neón. 107, hermano, 107... me repetía a manera de consigna.

Se levantó, corrió una de las sillas, y a través de ella ascendió a la mesa. Brillaba allá arriba, mientras bailaba esa macumba sexópata, una maravilla. Alzó ambos brazos, escondió las manos sobre la nuca, la pose femenina más sensual, y fue desatando la colita que sujetaba el pelo. La bombacha descendía, parecía trabarse en sus piernas entreabiertas, la tironeaba y volvía a subir. Esta vez su show estaba dedicado a mí, en exclusiva, entonces reuní a todos mis yoes más primitivos y los puse en fila india.

Claudia se bajó de la mesa, vino derechito hacia el sillón con su mejor cara de puta. Fue acomodándose sobre ese sexo exaltado que se estiraba y se estiraba, pero con un límite, después de todo cada uno va a la guerra con lo que tiene.

Su pelvis se arrastra rumbo a las llamas en donde está ardiendo mi vieja puerta de madera. Es ínfimo lo visible detrás del humo y sólo queda entregarse a la marea de los sentidos. Sin un escalofrío de más orienté las velas del pequeño barco en la misma dirección que el viento y todos los que somos nos dejamos llevar por el espíritu del mar.

Desde abajo puedo verla en toda su dimensión, sin ninguna duda ésta es la mejor posición para observar la inmensidad femenina, para convencerse de una vez y para siempre que son el mejor invento. Claudia danza con sabiduría brasileña el ritmo sexual heredado de los africanos mientras sus tetas 107 cabalgan hacia mí y nunca llegan. Estoy cautivo ¡qué fantástico!

Soy ese salvaje reptil que se arrastra hacia su propio capricho atravesando el espeso barro de las noches solitarias. Todos esos trozos de mí ahora son decenas de reptiles multiplicándose, algunos estallan en el borde, otros alcanzan a sumergirse en la laguna esperando eternizarse, es la supervivencia del erótico más apto.

Tenemos que entrar para poder salir.

La emoción vence al temor y el Superman de modales apacibles está atrapado por la kriptonita.

Es la fortuna de vivir en un mundo en dónde podemos vernos las caras mientras cogemos. Donde podemos escuchar esos diálogos perversos en tonos inventados para la ocasión. Mañana bien tempranito voy a una agencia de lotería y le juego unos pesos al 107, espero no olvidarlo, pensaba, sin dejar de bombear para mis yoes sedientos.

La seducción bailaba entre sus labios mientras yo escuchaba todo lo que me gusta oír. La tenue luz del velador mostraba nuestras sombras entrelazadas, mirándolas aproveché a remendar algunas tristezas de los últimos días.

La habitación de treinta y dos puertas vacía, el fuego allá afuera se deja soplar por el viento cansado y el cordero parece fuera de lugar.

Después de todo eso que sucedió estamos sentados sobre la cama haciendo planes para nosotros, para el show de ellas, con la típica distensión de los satisfechos.

Únanse al baile porque los reyes de Nosedónde han llegado para condecorarnos. Beban y rían.

Alicia y Claudia tenían un sueño en común: presentar lo suyo en el interior del país. A mí no me parecía algo muy complicado de lograr, ya lo había comprobado como músico, y después de todo teníamos lista la idea del show, el resto quedaba en manos de Santiago, el representante de las chicas. La comitiva sería pequeña, lo cual es una gran ventaja a la hora de las giras. Los objetivos estaban claros, contábamos con un producto tan popular como comerciable, y tanto Santiago como yo conocíamos el territorio, de manera que todo estaba a nuestro favor.

Días después nos reunimos con Santiago en su oficina, un lugar sospechoso por la calle Uruguay, detrás de Tribunales. La entrada del edificio era antigua pero bien cuidada, supongo que veinte años atrás sería un lugar elegante. El viejo nos recibió muy bien, fue algo solemne conmigo y bastante pajero con ellas, me observaba todo el tiempo y a los ojos, el viejo es un guerrero. Estaba vestido apendejado, el pelo teñido de un color que no era el suyo, calzaba un anillo nada sobrio en el meñique izquierdo y sobre la pared había colgado una foto de Louis Armstrong. En uno de los rincones un barcito rodante plagado de bebidas blancas estaba a pleno, es que el contrabando de bebidas y cigarrillos era su fuente de ingresos, lo de representante sólo un hobby. Ni bien le presentamos la idea acordamos poner manos a la obra. Tuve, desde el principio, una información clave como para lanzar el proyecto: el deseo furtivo de Santiago de compartir unos días con Alicia. El veterano estaba muerto con la mendocina y con tal de tener un par de noches ese culo al lado firmaba hasta la pena de muerte. Una gira por lo menos llevaría un par de noches, la gloria para él.

Unos días después tenía organizado, y anotado en un cuaderno, el guión del show, se lo di a una amiga para que lo pase a máquina. La música era caribeña, mucha percusión y muchos caños, salvo en la entrada, para la que programé el tema “Flying”, de Los Beatles. Las chicas se embalaron con el correr de los ensayos. Cuando llamé a Santiago y le conté por teléfono en qué consistía el show él se comprometió a darle curso como para hacer algo así como un ensayo en público. Por suerte apareció la posibilidad de esa prueba piloto de la mano del dueño de un cabaret en Caseros, un viejo lobo de mar amigo de Santiago, que de día administraba un par de consorcios y por la noche invertía los intereses que dan los bancos a espaldas de los propietarios. Allí tendríamos la oportunidad de dar los toques finales, de ver en dónde estábamos parados como para no viajar inseguros, y, de paso, hacer unos pesos para mejorar la producción.

Dos semanas transcurrieron desde la reunión con el viejo y ya estamos yendo, en mí auto, hacia el cabaret de Caseros. El boliche está a la vuelta de la estación de tren y hasta hace muy poco fue una fiambrería y rotisería, lo que se dice un giro copernicano. En su frente tiene aun ese cartel luminoso en el que alguna vez escribieron la palabra “Paty”. Ahora pintaron la vidriera de color violeta mortuorio y sobre la puerta de entrada colgaron la infaltable bombita roja. Sobre la vereda, casi lamiendo el cordón, ubicaron un viejo masetón donde un ficus mostraba el segundo toque surrealista. Llegamos a una hora en la que ya no había ni un alma en la calle, sólo se veían borrachos suburbanos buscando un lugar, colectiveros recordando anécdotas del día, y esos nochedependientes que se aburren esperando el tren y van y vienen por el andén, quizá se coman un pancho recalentado por enésima vez o se pongan a mirar vidrieras oscuras en las que no se distingue un carajo.

Entramos a “Chasqui`s”, escrito así, con ese apóstrofe infaltable de los lugares de cuarta. Pocos parroquianos se veían a esa altura de la noche, pero de inmediato nos tranquilizaron diciéndonos que aguardaban la llegada de un momento a otro de un grupo de empresarios, corredores y empleados de una firma local que estaba de “convención”.

Ni bien arribaron los trajeados señores salieron a escena dos minas y un putito que no calentaron a nadie. A las dos minas les sobraba carne hasta en las lentejuelas, y lo del putito fue directamente impresentable, no sé qué hacía ahí. Luego salió al ruedo un elastizado “gato”, escapado de otra historia y de otro tiempo, haciendo algo corto, concreto y sensible. Lo suyo fue un strip tease total que puso de la nuca a varios y eso nos vino muy bien, preparó el terreno como para ir ablandando las tensiones del estreno.

Y bueno, llegó el momento esperado por todos: ¡Señores presentes, señoras ausentes, supuestamente en casa! ¡Con ustedes... Lucila y Maru!

Luces rojas, violetas y azules, humo denso de madrugada berreta, aliento contenido de pajas adeudadas, y el aire fresco de la calle desierta entrando por la puerta cada vez que ingresa algún impuntual. Todo es un homenaje espontáneo a la falta de imaginación, pero al final de cuentas uno a través de todo eso comienza a fantasear, a recrear viejas situaciones no concretadas, a proyectar el irreductible compromiso de pagarnos esa factura perversa que no cuesta ningún precio alto. Entonces comienza a ascender, desde la bragueta, una sensación placentera de que todos estamos allí con la calentura al aire, y eso sí que santifica.

El tartamudo de la cabina de luces me pide paciencia para adaptarse, yo lo miro mientras contengo la risa, entonces él me guiña un ojo creyéndose pícaro mientras tartamudea algo ininteligible. Tiene puesta una gorra tipo yankee con la visera hacia atrás, calza unos lentes culo de botella, y tiene unas ganas tremendas de ver las tetas de Maru. En verdad el desubicado soy yo exigiéndole dinámica y sorpresa a una tortuga de lo más previsible. Pero, bueno, haciendo un gran esfuerzo el tarta inventa juegos sobre la marcha mientras comienza a bajar su propia botella de ginebra. Empiezo a pensar que ideas no le faltan, pero descubro marcas de aburrimiento y acumulación de horas mal pagas, lo de siempre en Argentina.

El sonido, calibrado como para relatar un partido de fútbol de primera “C”, amenaza con jugar en contra. Es que los baffles del night club dan testimonio de un pasado tan lejano como accidentado. Los imagino haciendo acrobacia entre los espíritus desorientados de jamones Torgelón que cuelgan del techo de la antigua fiambrería, oliendo a queso fontina, a sopresatta o antipasto.

Fui recorriendo el boliche como para tener una idea de las distintas panorámicas, por ejemplo desde el fondo se veía todo muy bien y el sonido saturaba menos. Me arrimé a la barra y desde allí se percibía cierto ambiente erotizante que utilicé para regodearme. Santiago y Aurelio, el dueño de “Chasqui`s”, rodeaban a su gran amiga, la pequeña caja registradora, abrazándola con sonrisas y morbosidad de años.

- ¡Claro, viejo, esto tenía que tener pachanga! Ahora sí... - Dije, palmeando la espalda de Santiago.

- ¡Me gusta pebete, me gusta! y claro, con salsa es otra cosa... ¡mirá cómo se mueve la gente! ¡miralo a ese gerente como mueve la sabiola! - Santiago estaba excitadísimo.

- Es que lo anterior era muy amargo, yo diría que hasta poco profesional, ¿no te parece?

- ¿Qué te puedo decir? para mí está fenómeno. Claudia me habló bastante de vos... me contó que le armaste la música y que le diste varias ideas... me contó que sos guitarrero…

- ¿Veo que te puso al tanto?

- Hasta me contó que está viviendo en tu casa... - Dijo codeándome - yo me entero de todo, pebete… y hablando de todo un poco: ¿qué tal eso de colocarla todos los días con una vedette, eh?- Guiñó un ojo y palmeó mi brazo mientras se reía groseramente de su chiste boludo.

- Y... había que ensayar el show todos los días... - Seguí el juego.

- Con este show damos el sartenazo, vamos a andar muy pero muy bien, ahora que lo veo, recién puedo empezar a pensar en cómo venderlo, en el interior nos va a ir de perilla… yo sé lo que te digo, pebete. Pero eso sí, hay que cuidar el espectáculo ¿eh? vos me entendés… - Dijo con entusiasmo.

Las frustraciones de los tipos van montadas sobre esos culos coloreados, cabalgarán enceguecidas por su sinrazón y al final serán revoleadas sin causa ni destino. ¡Qué maravilla! A esta altura todo es un congreso de fanáticos que se atornillan en un solo andarivel: el del sexo. Claudia, con mambo de porro, tiene una actitud más fiestera y entonces logra calentar y divertir a la vez, algo difícil de conseguir. Sus tetas vuelan de pared a pared, se cachetean y varios acusan el golpe, por supuesto que yo también.

- ¡Esto es hacer jugar juntos a Bochini y Maradona, pebete! ¡tenés que laburar con nosotros, no vamos a llenar de guita!- Santiago estaba chocho y algo borrachín.

- Ya armamos lo artístico, ahora te toca a vos... tenés que organizar la venta... - Le dejé la pelota picando.

- Lo único que espero es que no te pase como a todos... que empiezan bien, con muchas ideas, embale, pero después te vienen con los ataques de celos y todo se va al diablo... esta vez sería una pena...

- ¿Pero vos qué te creés que con Claudia estoy haciendo un curso veloz de redentor? Pregunté con desdén.

- ¿Sabés qué pasa, flaco? ¿querés que te bata la justa? yo llevo muchos años en esto, ¿viste?, y vi sufrir a varios muchachos, ponerse mal y terminar en un teleteatro terrible... ojo al piojo que yo los entiendo, ¿eh? es que es jodido bancarse ver a tu mujer en bolas y haciendo todo ese circo, con los pajeros baboseándola todo el tiempo, la cana y la falopa dando vueltas, los bacanes ofreciéndoles el oro y el moro... esto no es fácil, pibe. Ahora, si te la bancás la pasás de prima... por ahí hasta te salvás…

- Quedate tranquilo, Santiago, yo sufro por otras cosas. Lo que hace ella me copa, nos conocemos hace rato y tenemos buena onda entre nosotros, y ahora nos juntamos para hacer esto... pero si no fuera así, te aseguro que en esta ni me anoto.

- ¡Joya, loca, estuvo todo bárbaro!- Entré eufórico.

- ¡Grande, Flenin, con esa música es distinto... dio vuelta todo! fue mucho más fiestero. Claudia se colgó de mi cuello. Era feliz y yo también.

- Bien, Alicia, once puntos...

- ¡La verdad, chicas, para el bronce! ¿eh? – Santiago levantó su vaso de whisky.

- Y para que vean la magnitud del éxito obtenido les cuento una primicia: nos ofrecieron hacer un show semanal acá y otro en un boliche en San Miguel, que es de los mismos dueños. Las fechas las manejaremos de acuerdo a las reservas... pagan bien y el trato es digno. – El viejo me pidió que sea el portavoz de la gran noticia.

Regresé a la barra. Me senté en una butaca alta de frente a la gente, miré alrededor de acuerdo al indolente giro de mi cabeza y vi a todos con un aire de satisfacción. Todos sentíamos que se había ido el primer polvo de la noche. Nadie revelaba ningún secreto, ni siquiera se movían a tiempo, pero las caras transpiradas mostraban una alegría casi de posguerra. Para ese entonces el rumor de la música era lejano, casi indescifrable, como en un sueño o la escena final de una película de realismo italiano. Es que la panorámica desde la barra tenía la crueldad de lo explícito, quizá ahí estaba lo desalentador, pero todos pactamos en silencio y miramos para otro lado dándole las espaldas a los psicoanalistas.

Las mujeres iban y venían. Revoloteaban como abejitas ansiosas en un vivero. Cuando se sentían seguras clavaban su aguijón de lentejuelas en algunas de las flores de plástico de alguna maceta trajeada. Las billeteras lascivas soltaban el más preciado néctar, ese que inundaba la noche de discursos sin oyentes. En una de las paredes del cabaret un atrevido espejo se tragaba imágenes para, quizá, nunca más devolverlas. Era un travieso secuestrador de olvidos al que nadie podía detener, hacía su trabajo en silencio y sin gestos. A esa altura esto no importaba, si es que algo importaba, porque para ese entonces Caseros estaba muy lejos del planeta tierra.

Aunque la luz que hace el hombre de la cabina es muy brillante en la noche no hay ninguna víctima blanqueada, es un desfile de sombras irrecuperables.

Excepto el dueño del circo y sus leonas hambrientas todos estaban tan borrachos como para empezar con las piruetas. Nosotros, con el dinero en la bolsa, iniciamos las acciones que anuncian la partida.

Las chicas estaban cambiadas y con un desgaste notorio, a nuestro alrededor varios empresarios apostados en la barra repartían tarjetas a cuanta mina se les arrimaba. No les importaba descender en el escalafón a meros promotores de su propia decadencia.

- Perdoname, ¿vos sos Flenin?- Su voz producía automáticamente una erección.

- Sí

. (a la mierda, ¡qué yegua...! a esta no me la pierdo)

- Vos sos promotor de Maru, ¿no? bueno, mirá, estuve hablando con ella en el camarín... bueno, yo quería charlar con vos. Mirá, acá me viste haciendo esto, pero en realidad lo mío es el show... pasa que no sé cómo armarlo, por ahí podemos encontrarnos, te llevo material y vemos... por ahí se te ocurre algo copado.

(es incontenible, no sé qué carajo quiere, pero a todo le digo que sí, además, cómo con ese lomo no tiene un chabón que le maneje el asunto, loco, si esta es una de esas minas que anda entre perejiles me salvé)

- Mirá, te digo la posta: yo no soy de este palo, soy músico, y le estoy dando una mano a Maru, pensamos hacer un toco de cosas, pero, que sé yo... por ahí te puedo tirar un cable... anotá mi teléfono… y… bueno, hablamos, te venís a casa y vemos...

(claro, loco, si me la pierdo soy un boludo, imaginate cogerme esta bestia, me muero, loco, ¿no ves que está entregada? se ve que quiere salir de acá pero no sabe cómo, menos mal que me parló a mí)

- Me dijo Maru que el viejo que está con ustedes tiene una agencia...

- Sí, por eso te digo que me llames... Santiago está en el asunto y no parece un tipo jodido, si lo encaramos juntos y con un chamuyo armado, seguro que se engancha. Lo tuyo es bueno, me gustó, sólo es cuestión de producción, así que quedate tranqui.

Chasqui`s se acomoda bajo sus luces suburbanas y el ruido del tren retumba en la estación Caseros, dicen que trae tristezas de José. C. Paz y que sueña con pasarlas a Retiro.

Es el gran desfile de los envases sin vida, listos para usar. Es el gran desfile de los envases sin vida, sólo necesitan un fusible.

Emprendimos el regreso a la Capital que fue rápido ya que no había tráfico. Pudimos atravesar el destacamento difícil de la difícil General Paz con todo en orden, se ve que la policía iba en otra frecuencia y entonces no jodió con preguntas impertinentes ni peajes extraños.

Dejamos a un Santiago exhausto en su casa de Villa del Parque. El viejo estaba en ganador y tenía sus razones: Alicia se quedaba a dormir con él y así la vejez sufriría otra derrota humillante.

La ciudad se poblaba de gente apurada por ir a producir cosas para que consuma otra gente, se inundaba de colectivos que rendían culto a la falta de respeto por los trabajadores, y veía con mirada indiferente como sus linyeras eran zamarreados por policías inescrupulosos. Los diarieros atajaban el fardo de diarios revoleado con puntería desde las camionetas, los cadetes lavaban las veredas de los bares y la noche se iba caminando despacio hacia su escondite secreto.

Enseguida llegamos a Villa Crespo. El bar de la esquina de casa, en Thames y Corrientes, ya había realizado el recambio de personal y todos tenían un aspecto más serio y distante que los de la noche. Los parroquianos que se veían no hablaban entre sí, y cada uno leyendo su diario aparentaba tener sólo un plan individual.

Nos arrastramos por el lúgubre pasillo del edificio, que tiene esa marmolería tan deprimente, y entramos a casa, un dos ambientes que por ese entonces alquilaba en un viejo edificio en Thames y Vera. La responsable de todo esto es esa puta ley de alquileres que nos cambia el paisaje cada dos años sin poder elegir.

Tenemos que entrar para poder salir.

En el departamento el olor a encierro prepara las armas y estoy dispuesto a combatirlo sahumerio en mano. El polvo que rodea es devuelto por las paredes blancas, ¿blancas? matizando alrededor de la lámpara. Tengo que agradecer a la eterna magia del tiempo las uñas afiladas de mis días.

Claudia deja la cartera sobre el radiograbador taciturno, se quita la ropa y se queda unos segundos mirando la foto apoyada en el modular en donde se puede comprobar que una vez yo también fui chico. ¿Qué pensará esta mina de mi vida? sus tetas vienen saltando de contentas, al llegar frente a mis ojos acabados Claudia pone entre ellas el papel metalizado y espera la señal del guardián de la plaza.

- ¡Cortala, loca, si querés hacer alguna te armo un faso y nos relajamos... pero no me rompas las bolas con la merca!

- ¡Eh, loco, qué agreta!

- Disculpame, está todo bien... lo que pasa es que necesitamos dormir, loca, lo de hoy fue muy fuerte, respetémoslo y descansemos para disfrutarlo... si nos ponemos a tomar merca vamos a empezar a hablar pelotudeces, se va a hacer el mediodía y eso no nos sirve de nada... bueno, vení, no te enojes..

- Me cagaste a pedos... sos malo... - Dijo con voz de nena.

Acaricié sus pezones rodeándolos con mi pulgar en el dedo índice, girándolos como si quisiera subir apenas el volumen de una radio que sólo transmite para mí. Ella fue tomando mis dedos de a uno y los mojó con sus labios pintados. La respuesta erótica no se hizo desear y los dos aviadores nocturnos ahora vuelan con rumbo a una ciudad humedecida.

En plena madrugada desperté con unas tremendas ganas de mear, me paré frente al inodoro, abrí la bragueta, pelé, apoyé la mano derecha sobre la pared y fue como otro orgasmo.

Retorné al dormitorio tranquilo y me quedé unos segundos viendo a Claudia dormir. Aproveché para correr la colcha y quedarme un ratito mirando ese culo maravilloso. ¡Cómo me gusta espiarles el culo a las minas mientras duermen! es bárbaro porque tengo licencia para soñar sin que la mina me interrumpa con giladas.

Ese buen culo también necesitaba un merecido descanso luego de soportar estoicamente tantas flechas envenenadas, y, quizá, al despertarme, iba a pedirle un pequeño favorcito. Volví a observarlo: “buenas noches, que descanse; hasta mañana si dios quiere... no sé dios pero yo iba a querer seguro”.

Me acosté en cámara lenta, los mosquitos detuvieron la marcha y la luz partió en tiempo imaginario. Cerré los ojos, no estaba en condiciones mentales de hacer ningún balance diario. De a poquito fui vaciando la memoria dejando mis cosas en manos de aquellos angelitos protectores de los que se portan bien. Un lánguido bienestar se evidenciaba en el ambiente, las cortinas se inflaban apenas por el viento filtrado de las ventanas mientras se escuchaban voces perforadas por la mañana provenientes de la calle.

Dicen que siempre hay magia en el aire. Dicen que las luces brillan eternamente en Buenos Aires. Tenemos que entrar para poder salir, tenemos que entrar para poder salir... el cordero repetía con enferma mecanicidad. Quizá contaba humanos que saltaban y saltaban la cerca buscando conciliar el sueño, pero la tarea lo aburrió casi de inmediato, el cordero ya duerme en Buenos Aires.

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